domingo, 31 de mayo de 2009

Volando lejos



Anochece muy temprano en Copenhague.
Las calles me arrastran hacia el canal, atravesando el ghetto
Me miran sin rozarme con sus ojos albinos, sus rostros translúcidos que hacen enmudecer de envidia a mi piel de lino.
Comienza de nuevo la opresión en el pecho, el ansia de calor, de empatía, de sol, y echo a correr. Corro y corro hasta no poder más, corro buscándote, corro en mi locura delirante de extrañarte.
Cuerpos esbeltos enguantados, escondidos protegiéndose del viento. Tiendas extrañas.
Hasta los mendigos tienen otra aura.

Mis ojos vuelan, mi mirada llora. Mi piel necesita tu templanza, ciudad de las horas.
Es tu reloj quien marca mi tiempo, tus entrañas lo que quieren recorrer mis pies.
Son tus gentes las que forman mi ambiente, y yo, desterrada de la luz de tu atardecer, lloro tu falta, ciudad de mi alma.
Lloro tus rincones, tus plazas, tu ensanche. Lloro hasta la muchedumbre de los sábados por la tarde, las noches desangeladas de domingos con solitarios transeúntes incapaces de dejarte.
Los lunes con trabajadores con paso cansado y los viernes alegres, con parejas de la mano.

Es el desierto del Retiro un día de lluvia y frío, las uvas en Sol que no sabía tragar de niño,el banco de Princesa de mi primer beso, la cafetería de Atocha del adiós definitivo.
El Ensueño me arrastra, y caigo de golpe, lejos de ti, mi oasis uniforme.

Vuelven las frías casas de colores cálidos, vuelvo a ser la extraña en un mundo que es Europa, no mi patria. Ajena entre la civilización de arena, que engulle rostros.
Quiero andar tus calles Madrid, matar mis monstruos.
Quiero que dejen de perseguirme los recuerdos, los rostros borrosos. El pasado rápido que se esconde tras mis ojos.
Olvidar y retornar, abandonar... Regresar
Volver a sentir en mis venas tu Sol, en mis oídos tu música, tu voz. Son tus acordes y tus olores, perfumes malvas, tardes de verano y noches gélidas al alba de inviernos con caras rojas, sonrisas heladas.

Eres tú y siempre tú, ciudad clara. Amo hasta la contaminación que satura las mañanas acaloradas. Inflamas mis manos, mis pies que recorren las terrazas.
Y al aterrizar en esta fría ciudad de plata, mi corazón se encoge, anhelando mi casa.