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martes, 8 de septiembre de 2009

El arte de controlar el Descontrol




Ya no tengo ganas de seguirte el juego, besar tu cuello. Lo siento.

Me gustas así, vestido y abrazándome, con tu boca suave sobre mis labios. No me quites la ropa, no muevas tus manos, estoy harta de ser esclava del vicio, de tus redes pegajosas.
Metidos en un círculo de autoengaño y un pelín de compasión por las necesidades del otro nos encontramos cada domingo por la tarde. Como nuestra particular misa fuera de horario, acudimos cada semana a la cita con el confesionario, en este caso con el espejo que nos muestra la perversión de nuestras almas. Seguimos siempre un curioso ritual, ¿No crees?
Me miras, me abrazas y plantas tu boca en mis mejillas. No puede llamarse beso a lo que haces.
Te tumbas y cierras los ojos, me atraes con tus brazos férreos y obligas a mi cabeza a descansar en tu pecho. Te miro, me debato...
Y me dejo llevar.
No sueles besarme más que un par de veces. Me haces sentir como una Pretty Woman que reserva sus labios al Gran Amor, solo que es ciertamente involuntario. Me agarras, me mueves, me controlas. Tu cara se tiñe de cierta violencia, cariñosa quizás...

Estoy cansada de perder tiempo contigo, conmigo misma. Con mis malos ratos por momentos de dudoso placer. Dudoso, muy dudoso.

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